Brasil. La segunda vuelta en las elecciones presidenciales ha dejado un nuevo resultado que no sorprende mucho, el triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva. El hecho está siendo celebrado por gobiernos oportunistas y todo tipo de corrientes reformistas, socialdemócratas y revisionistas que ven esto como una “auténtica victoria democrática”, dejando de lado los elementos objetivos de fondo. Antes de entrar en ello, tenemos la obligación moral de subrayar lo siguiente: es algo bueno que el bolsonarismo no haya ganado las elecciones, ya que su arribo a la presidencia de la república solamente implicaría la asunción del fascismo al poder del Estado. El triunfo del bolsonarismo sería, como lo dijo Jorge Dimitrov, la dictadura más terrorista del gran capital sobre los trabajadores. Sin embargo, la permanencia de Lula en la presidencia no es tampoco lo mejor para las masas, sino la continuidad de una política que sigue la receta del despojo, la opresión y la explotación del pueblo bajo un discurso “progresista”, redundando en la cooptación de amplios sectores organizados bajo la férula del oportunismo. Ciertamente estas elecciones en Brasil representaban un foco de atención en toda la región ante la injerencia descarada desde el llamado “Escudo de las Américas”, liderado por el imperialismo yanqui para imponer gobiernos más reaccionarios como sus títeres. También es verdad que, desde antes de la primera vuelta y los días previos a la segunda, esta injerencia norteamericana quedó evidenciada desde distintos medios e incluso fue confesada por el mismo imperialismo yanqui. Pero lo más importante a observar son justo los elementos objetivos detrás de esta elección y su resultado, el cual no es garantía de ninguna vida democrática. Aquí planteamos unos puntos para el análisis: 1) La contienda entre Lula y Flavio Bolsonaro no fue “una batalla entre el bien y el mal”, sino la expresión material de la pugna interburguesa entre la facción burocrática y la facción compradora, ambas serviles -a su manera- ante el imperialismo. 2) Precisamente por ello se ha tratado de una elección de Estado, donde la facción burocrática en el poder –después de confiarse durante la primera vuelta- ha tenido que utilizar el peso del aparato que posé confrontándolo con la capacidad económica de la facción compradora y el respaldo material que le proveyó el trumpismo. 3) Aunque la segunda vuelta arroja un resultado del 51.79% de los votos en favor de Lula contra un 48.21% de estos para Bolsonaro, ni el oportunismo ni el fascismo están satisfechos con ello. Esto es así porque Lula y sus huestes saben que su triunfo ha sido pírrico y no les alcanza para gobernar sin un acuerdo con la reacción y el imperialismo; por su parte la reacción encabezada por Flavio ya dejó claro que no reconoce su derrota y anticipa que impugnará la elección. 4) Este hecho confirma la posibilidad de que ni el bolsonarismo ni el imperialismo yanqui reconozcan los resultados de buena manera y abre dos perspectivas: la presión para negociar o el golpe reaccionario. 5) Ante este panorama es imperativo advertir que el triunfo del oportunismo no representa, ni mucho menos, el fin de la reacción ni de la amenaza fascista, y por tanto tampoco representa ninguna victoria popular. La política de Lula se centrará en dar continuidad a sus políticas antipopulares y más concesiones al imperialismo para tratar de generar “estabilidad y gobernabilidad”. 6) Por todo ello, el proletariado y pueblo brasileño tienen todo el derecho y la obligación de construir sus organizaciones de combate, no solo para enfrentar el riesgo del golpe, sino principalmente para construir un Nuevo Poder, liberando territorios, barriendo a los enemigos del pueblo y desarrollando las tareas de la Revolución de Nueva Democracia. ¡Abajo el oportunismo y el fascismo! ¡Viva la lucha del pueblo brasileño!

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