A propósito del encuentro Petro-Trump
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Revolución Obrera

Ocurrió la tan esperada reunión entre Petro y Trump, un suceso que sin duda ocupa editoriales y es primicia en diversos medios de comunicación. ¿Qué significó esta reunión que causó escozor en la derecha recalcitrante y regocijo entre el reformismo y en buena parte del pueblo colombiano?
Este encuentro se presenta con un antecedente importante en el que por años, Gustavo Petro construyó su imagen política sobre un discurso antimperialista, ecologista y de ruptura con el modelo extractivista. Petro ha denunciado la política intervencionista de Estados Unidos, criticado la dependencia del petróleo y prometido una transición energética profunda. Sin embargo, en este reciente acercamiento a Washington, su postura frente a Venezuela y «reactivar» la economía del hermano país levantando las sanciones a sabiendas del alto flujo de barriles de petróleo que ya se exporta de allí a Estados Unidos, revelan una contradicción que no puede pasar desapercibida.
Petro habló de reactivar la economía de Venezuela argumentando que cuando ordenó abrir la frontera con ese país el narcoterrorismo disminuyó y se activó la economía, y se compromete entonces a «colaborar» (olvidando el bombardeo, el secuestro de Maduro y su esposa…) propuesta que por supuesto le suena a Trump porque contribuye a su propósito de alinear su «patio trasero». Además, Petro le planteó otro negocio que —según él— Trump no había entendido porque estaba confundido, y es el de las energías limpias; de las cuales América Latina tiene de sobra, otro jugoso negocio, bajo el velo de una verdadera transformación ambiental. Para Trump —y para los grandes poderes económicos— invertir en «energías limpias» no significa dejar de extraer petróleo, sino de invertir en otras ramas para seguir explotando y destruyendo la naturaleza con otro discurso.
En resumidas cuentas, según las propias explicaciones del presidente, Petro fue a promover a Latinoamérica como una gran empresa en la que es prometedor invertir —en consecuencia con su idea de que hay que desarrollar el capitalismo—, pues el mundo aún tiene recursos suficientes para todos, así que es mejor repartirlos en un supuesto capitalismo más humano que seguir en el capitalismo voraz.
Otro tema de la reunión fue el de la lucha contra el narcotráfico; asunto en el que, según Petro Trump está confundido, argumentando que los culpables no son los campesinos que siembran la hoja de coca y por eso aboga por la sustitución voluntaria de cultivos, sino los grandes capos; por eso la extradición de Andrés Felipe Marín Silva, alias Pipe Tuluá, señalado como el jefe de la banda La Inmaculada, organización que es acusada de mantener vínculos con carteles de narcotraficantes mexicanos para traficar cocaína desde Colombia hacia Centroamérica y Estados Unidos; por eso también ratificó su decisión de continuar combatiendo al ELN y demás grupos vinculados al negocio en el país, y contribuyendo en ese propósito con Estados Unidos. Pero ¿acaso no se sabe que quién maneja el negocio del narcotráfico en Estados Unidos no es la misma Central de Inteligencia Americana – CIA?
Como se ve, la actitud de Petro fue muy distinta al radical discurso agitado inmediatamente después de la amenaza de bombardeo a Colombia y esto tiene una razón de ser. Por un lado, Petro ha dicho una frase que, aunque incómoda, es profundamente cierta: él es el presidente, pero no tiene el poder. En Colombia, el poder es de los grandes gremios económicos, los sectores empresariales y financieros que jamás aceptarían separarse de Estados Unidos, porque no son antimperialistas, son sus socios y lacayos, y no están dispuestos a romper con el imperialismo yanqui.
En ese sentido, Petro no podía ir a Washington a confrontar a Trump como muchos creyeron o como él mismo insinuó en campaña. No podía hacerlo porque, si lo hacía, no solo chocaba con Estados Unidos, sino con quienes realmente mandan en Colombia. Tenía que ceder.
Ese antiimperialismo, entonces, resulta inconsecuente, es decir, se proclama en plazas públicas, pero se diluye cuando se entra a las salas donde se toman las decisiones reales. Petro condenó a Trump como un líder autoritario, fascista, imperial, pero terminó arrodillándose ante su lógica, llegando al colmo de afirmar que se “juntan” él y Trump en la libertad. Trump habla sin tapujos de libertad, pero la libertad suya no es la de los pueblos, sino la del mercado. No de la libertad de vivir, sino la libertad de extraer. ¿De cuál libertad en la que se junta con Trump habla Petro?
Por eso no podemos seguir pretendiendo que este tipo de acuerdos representan una política verdaderamente antimperialista y mucho menos transformadora, pues no confrontan al sistema, sino que lo administran y maniobran dentro de él. No rompen con el imperialismo, sino que lo aceptan y lo maquillan.
El movimiento obrero y en general el pueblo trabajador, saben que su lucha va por otro camino, que no es precisamente el de los acuerdos diplomáticos con los enemigos de los pueblos, sino por el de la organización propia, la movilización y la construcción de una fuerza independiente, porque su política y lucha antiimperialista no puede ir separada de la confrontación contra quienes tienen el poder económico y político. Y mientras ese poder no cambie de manos, ningún presidente —por más progresista que se declare— podrá romper verdaderamente con el orden que dice combatir.
A los imperialistas no se les convence, se les vence y derrota con la organización política de la clase obrera y la acción revolucionaria de los pueblos, en cada país y a nivel mundial, esto no puede perderse de vista
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