A pocas horas de la segunda vuelta presidencial, las clases dominantes despliegan la fuerza militar.

En Cali fueron movilizados cerca de 4.000 policías, incluidos 1.100 uniformados de refuerzo, mientras vehículos blindados LAV III de la Tercera brigada del Ejército patrullan los principales accesos de la ciudad. En el Valle del Cauca las autoridades informaron el despliegue de entre 11.000 y 12.000 integrantes de la Fuerza Pública «para custodiar puestos de votación, centros de escrutinio y material electoral». Si la democracia consiste en que el pueblo decide libremente mediante el voto, ¿por qué necesita semejante despliegue de fuerza para garantizarse?
Los comunistas hemos explicado que el Estado no es un árbitro neutral situado por encima de las clases sociales. El Estado es una organización de poder creada históricamente para garantizar un determinado orden social. Por eso el Estado no está compuesto únicamente por presidentes, gobernadores, congresistas, jueces y alcaldes. También está compuesto por ejércitos permanentes, policías, organismos de inteligencia, cárceles y todo un aparato especializado de fuerza.

La democracia burguesa funciona dentro de un Estado que conserva permanentemente el monopolio de la fuerza y que está preparado para garantizar la continuidad del orden existente independientemente de cuál sea el resultado de una elección. Esto no significa que ya se sepa quién terminará ocupando la presidencia después del 21 de junio.
Significa que, mientras se desarrolla la disputa electoral entre las distintas fuerzas políticas que aspiran a administrar el Estado, ese mismo Estado ya se encuentran preparado para garantizar la continuidad del régimen político y social que defienda a las clases dominantes. Esta realidad debe servir para que el pueblo extraiga una enseñanza importante.
Mientras millones de trabajadores discuten apasionadamente sobre quién ocupará la Casa de Nariño, las clases dominantes llevan años perfeccionando dispositivos de seguridad, planes de contingencia, puestos de mando, operativos policiales y despliegues militares para enfrentar cualquier escenario posterior a las elecciones.
¿Y qué está preparando el pueblo trabajador? Si los gobernadores, alcaldes, generales y comandantes se preparan para defender la estabilidad de su Estado, los trabajadores también deben prepararse para defender sus propios intereses. Especialmente en un momento en que amplios sectores populares viven con preocupación la posibilidad de que la ultraderecha llegue al gobierno.
Por ello los revolucionarios no podemos dejar sembrar miedo y menos podemos ayudar a sembrar falsas ilusiones. Nuestro deber es ayudar al pueblo a prepararse conscientemente desde sus intereses. Porque si la reacción logra imponer a su candidato, el pueblo necesitará organización para resistir sus ataques. Y si al reformismo se le permite ser gobierno, el pueblo también necesitará organización para defender sus reivindicaciones frente a los sectores de las clases dominantes que intentarán bloquear cualquier reforma que afecte sus privilegios.
La experiencia reciente del gobierno Petro le permitió comprobar a millones de personas que una cosa es ocupar el gobierno y otra muy distinta es tener el poder. Las reformas prometidas al pueblo encontraron obstáculos permanentes en las instituciones estatales, en los grandes grupos económicos, en los terratenientes, en los monopolios de la propaganda de burguesa y en los sectores más reaccionarios de la burguesía.
Por eso el problema para los trabajadores no puede reducirse votar o no. La cuestión principal sigue siendo cómo construir la fuerza necesaria para imponer las reivindicaciones populares. Esa es una lección fundamental que deja el actual despliegue militar. Las clases dominantes no esperan los acontecimientos de manera pasiva; se organizan, planifican, coordinan, preparan respuestas para distintos escenarios y el pueblo debe también sacar sus propias lecciones.
Durante años las clases dominantes han perfeccionado mecanismos para enfrentar respuestas espontáneas y aisladas de las masas, pero lo que realmente puede dificultar sus planes es la existencia de un pueblo organizado, consciente y capaz de actuar colectivamente. Por eso las asambleas populares, los sindicatos, las organizaciones barriales, los espacios estudiantiles, los procesos campesinos y las organizaciones de mujeres trabajadoras deben discutir qué hacer después del 21 de junio.
Ya no solamente si votar o no, sino cómo defender las reivindicaciones populares, cómo fortalecer la unidad obrera y popular, cómo coordinar las luchas, cómo recuperar las banderas levantadas en las jornadas de 2019 y 2021 y cómo avanzar hacia formas superiores de organización popular.
Los blindados que hoy recorren las calles son una demostración visible de cómo las clases dominantes defienden su democracia y la respuesta del pueblo no debe ser el miedo y menos la confianza ingenua en las instituciones. La respuesta debe ser la organización consciente. Porque más allá del nombre del próximo presidente, las necesidades del pueblo seguirán exigiendo lucha, movilización, organización y seguirán exigiendo que los trabajadores construyan su propia fuerza para defender sus intereses.
Por eso, frente a los blindados que custodian la democracia burguesa, la tarea de los trabajadores es fortalecer sus propias herramientas de lucha y organización. Las clases dominantes ya están preparadas. El pueblo también debe prepararse. No para defender el orden existente. Sino para conquistar sus derechos, imponer sus reivindicaciones y avanzar hacia formas de gobierno verdaderamente populares.
Ni miedo paralizante, ni falsas ilusiones electoreras.
¡Vote o no vote, el pueblo debe organizarse para conquistar sus reivindicaciones con la asamblea y lucha popular!
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